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¿Afecta la menstruación a nuestra rutina diaria? Los datos dicen que sí.
La menstruación sigue condicionando la vida cotidiana de millones de personas. Aunque a menudo se percibe como una experiencia puramente biológica y privada, la realidad es que influye directamente en nuestras decisiones diarias, nuestras actividades y nuestras interacciones sociales.
Y ahora, además, tenemos cifras concretas que lo respaldan.
Un reciente estudio publicado en la revista científica BMC Women’s Health y elaborado por el equipo de INGENIO (CSIC-UPV) y de la Universitat Politècnica de València analiza el impacto real del ciclo en la vida cotidiana. Desde Hablemos de Menstruación nos hace especial ilusión compartir estos resultados, ya que las autoras y autores del estudio, Sara Sánchez López, Santiago Moll López y Rocio Poveda Bautista, forman parte de nuestro equipo y están generando evidencia fundamental sobre el impacto social de la menstruación en España.
A continuación, analizamos los hallazgos más destacados de esta investigación realizada con más de 4.000 participantes.
Solo 1 de cada 6 personas mantiene su rutina sin cambios
Los datos del estudio son claros: solo el 15,4 % de las personas participantes afirma mantener su rutina habitual sin modificaciones durante el periodo. Esto significa que para la gran mayoría (casi el 85 %), menstruar implica tener que adaptar el día a día.
¿En qué se traducen exactamente estas adaptaciones? Las más frecuentes incluyen:
- Vestimenta: El 48,7 % evita ponerse prendas blancas y el 36,8 % evita cierto tipo de ropa por incomodidad o miedo a las fugas.
- Relaciones personales y ocio: Un 47 % decide evitar mantener relaciones sexuales y un 25,1 % renuncia a nadar o ir a la playa.
- Actividad física: El 21,8 % reduce la práctica deportiva durante los días del sangrado.
Más allá de los síntomas físicos: el peso del contexto social
Si bien el dolor menstrual es un factor clave en estas limitaciones, no es el único. El estudio pone de manifiesto cómo los factores sociales e infraestructurales condicionan directamente la vivencia del ciclo. Entre ellos destacan:
- La ansiedad constante ante la posibilidad de mancharse la ropa.
- La falta de espacios adecuados y limpios para gestionar la higiene menstrual.
- El miedo a las reacciones negativas o al juicio del entorno.
La menstruación sigue gestionándose como algo estrictamente privado e invisibilizado, lo que aumenta la presión sobre quienes la experimentan.
El impacto en las aulas y los puestos de trabajo
Esta invisibilización tiene consecuencias directas en la esfera pública. Según los datos recogidos, el 41 % de las participantes se ha ausentado alguna vez de su centro educativo o puesto de trabajo por motivos vinculados a la menstruación.
Aunque la razón principal son los síntomas físicos (41 %), también aparecen motivos como la falta de acceso a productos menstruales (0,5 %) o el temor a mancharse en público (1,8 %).
A esto se le suma un obstáculo invisible: el temor a perder credibilidad profesional o académica. Muchas personas sienten el miedo a ser percibidas como «menos comprometidas» con sus responsabilidades si justifican sus ausencias por motivos menstruales.
Estigmas, burlas y descrédito emocional
El estudio no solo analiza números, sino también vivencias. Muchos de los testimonios reflejan que el estigma menstrual acompaña a las personas desde la adolescencia hasta la vida adulta a través de:
- Burlas o humillaciones en entornos escolares, familiares o laborales.
- Rechazo o actitudes condescendientes por parte de parejas, familiares o compañeros.
- Descrédito emocional: El uso de la menstruación como un argumento para restar validez a emociones, opiniones o decisiones («seguro que estás con la regla»).
Los estereotipos vigentes siguen vinculando la menstruación con una supuesta «falta de control emocional» o «irracionalidad», afectando directamente a la credibilidad de las personas menstruantes.
¿Qué podemos hacer para transformar esta realidad?
La conclusión fundamental de la investigación es clara: la forma en que se vive la menstruación no depende únicamente de la biología o de los síntomas físicos, sino también del contexto social en el que nos movemos.
Para reducir el impacto del estigma menstrual y mejorar el bienestar colectivo, es urgente actuar en tres frentes:
- Hablar de menstruación sin incomodidad ni tabúes, normalizando la conversación en cualquier espacio.
- Reconocer y validar las necesidades físicas y emocionales de quienes menstrúan.
- Adaptar los entornos educativos, laborales y familiares con infraestructuras adecuadas y empatía social.
El contexto social actual genera limitaciones, pero también está en nuestras manos transformarlo. Investigaciones como esta son el primer paso para poner luz donde antes había silencio.
Enlace al artículo: https://link.springer.com/article/10.1186/s12905-025-04168-2